Junio fue el mes designado para recordar a uno de los científicos más notables del siglo XX, Albert Einstein.
Hoy que hay tan pocas figuras públicas hacia las cuales poder mirar con respeto y admiración vale la pena hacer un pequeño ejercicio hacia el pasado para revisar algunos datos curiosos de este personaje y de su obra.
Dice mi querido colega, Miguel Ángel Sánchez de Armas: “Si dios creó el universo y Newton lo explicó, Einstein lo ordenó”, así de fácil.
Y sigue: “Utilizando sólo la fuerza de su mente, sin ayuda de los complejos y costosos aparatos científicos, ni de laboratorios, o de supercomputadoras y los batallones de asistentes que hoy están a disposición de los investigadores en las universidades, pudo penetrar los enigmas del universo y explicarlos en un lenguaje llano e incluso encantador”.
Pensar en Einstein nos lleva a admirar al gran físico, al maestro, pero pocas veces lo percibimos como un ser humano.
Se dice que nunca perdió el sentido del humor, ni se extravió en los abigarrados laberintos de la academia.
Einstein empezó a producir sus primeros grandes trabajos cuando apenas era un empleado de la oficina de patentes en Berna, Suiza, o sea, en un tiempo en que no pasaba de ser un empleado menor del gobierno local.
Entre ellos, existe un documento de apenas tres cuartillas y tres incisos titulado: “¿La inercia de un cuerpo depende de su contenido de energía?”.
En ese documento se encuentra el antecedente inmediato de la que es su fórmula científica más conocida en el mundo:E=mc2, (que todo mundo cita aunque no se entienda), pero en el documento brillan por su ausencia las referencias eruditas, las citas clásicas y los latinajos que hoy son obligados y aplaudidos en los reportes científicos más comunes dentro de la academia.
Este trabajo fue recibido por la revista Anales de la Física el 27 de septiembre de 1905, cuando Einstein contaba tan solo con 26 años de edad.
Einstein fue un revolucionario de la física y después de este trabajo tuvo que esperar cuatro años, antes de que fuera finalmente aceptado como profesor en Zurich, Suiza, en el año de 1909.
Cuando las puertas de la universidad se abrieron para él, le escribió a un amigo con un sarcasmo que no podemos dejar pasar inadvertido: “Así que ya soy también un miembro oficial de la cofradía de las hetairas (prostitutas)”.
Se burlaba abiertamente de las falsas posiciones eruditas de los intelectuales académicos e ironizaba sobre las torres de marfil que los protegen.
A los 36 años, Einstein había logrado una de las más dramáticas revisiones de la idea del universo en la historia humana.
Su “Teoría general de la relatividad” no sólo es una reinvención genial de conocimientos o el diseño de nuevas leyes, sino una nueva interpretación de la realidad del mundo físico.
Como las ondas expansivas que siguen a una explosión de gran potencia, sus efectos rebasaron el territorio de la ciencia y se dejaron sentir en la literatura, en la pintura, en las artes y en la conducta de muchas generaciones.
Las anécdotas sobre Einstein llenarían un grueso volumen, aunque casi todas pertenecen al reino de la mitología.
Es cierto que fue un alumno problema con una feroz, casi patológica, resistencia a la autoridad, pero jamás lo reprobaron en matemáticas, aunque sí lo reprobaron en física.
Antes de los 15 años dominaba el cálculo integral y el diferencial.
Y una de las principales guías de su trabajo se puede resumir en su dicho: “La imaginación es más importante que los conocimientos”.
Einstein fue descortés, contestatario, indiscreto, brusco, grosero, indiferente y frío, y como estudiante del politécnico en Zurich llegó a ser la pesadilla de ese claustro académico.
Como maestro era desordenado y disperso, poco estimulante y tendía a aburrir a sus alumnos.
Los mismos estudiantes que no sabían cómo huir de sus clases, en la vida adulta se regodeaban en el prestigio de haber sido sus pupilos.
En su vida personal, era un hombre incapaz de establecer ligas afectivas profundas.
Sus amigos varones conocían solo una faceta superficial de su personalidad.
Con las mujeres se involucraba, siempre y cuando no sintiera amenazada su independencia. Con sus hijos, si bien afectuoso y responsable, tendía a ser lejano.
La compleja personalidad de Einstein es uno de los atributos de su genialidad.
Su rechazo a todo autoritarismo le permitió incursionar en terrenos, digamos, “prohibidos” y así dar con nuevas soluciones para viejos problemas.
En la biografía escrita por Walter Isaacson, “Einstein: su vida y su universo” -libro minucioso, erudito y divertido-, el mortal común y corriente puede seguir los pasos de quien una vez se dijo fue “el pensador más original en la historia de la Humanidad”. A continuación unos extractos:
Durante toda su vida, Einstein conservaría la intuición y el asombro de un niño […] ‘Las personas como nosotros no envejecen’ escribió a un amigo ya avanzada su vida. Nunca dejamos de asistir como niños curiosos al gran misterio en el que fuimos colocados.
En la enseñanza de la historia dijo: ‘Deben organizarse amplias discusiones sobre la obra de personajes que beneficiaron a la humanidad gracias a su independencia de carácter y de juicio’. […]
‘Es importante promover el individualismo’ dijo. ‘Pues sólo los individuos producen ideas nuevas’. ‘La obediencia ciega a la autoridad es la principal enemiga de la verdad’. […] ‘Una carrera académica que obliga a producir gran cantidad de escritos científicos genera el peligro de la superficialidad intelectual’.
Su éxito fue consecuencia de su capacidad para poner en tela de juicio ‘lo sabido’, de su constante reto a la autoridad y de su capacidad de asombro ante misterios que nada decían a otros.
Todos podemos encontrar inspiración en la vida de este hombre, que además fue un incansable pacifista.
Por eso la imaginación unida a la sociología es también un arma poderosa...
¡Vientos huracanados!, si no me teorizan la relatividad, nos veremos por acá el próximo sábado...
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